Inútil...
Reiterativo y repetido cíclicamente...
Incomprendido...
Impactante...
Productor de una emoción estética...
Hambre...
Gente sucia del pasado relamiendo el último garbanzo de la
sopa y gente nueva del futuro haciendo fortuna...
Snobismo...
Desgarro...
Ocupación no apta de profesionalidad hasta no rebasar el
éxito...
Reglas...
Manos herejes garabateando a la luz de la luna...
Lo inefable, lo indescifrable...
Cuatro rayujos que no dicen nada y que aluden a algo vacuo....
Como sabemos, hay algo llamativo en el arte y algo repulsivo (nos atrae, nos seduce y nos hace sentir impuros...). Fijemos un punto de vista:
El arte nos permite encontrarnos y perdernos al mismo tiempo. Thomas Merton.
¿El arte es llamativo porque se viste de colores brillantes, de figuras estilizadas, de simetría arquitectónica, de frases bonitas?, ¿el arte es repulsivo porque tras él respira un corazón enfermo, un famélico de la ilusión, porque muestra un colorido chirriante, un escorzo forzado, una arquitectura tachonada, unas frases salvajes?
El arte es atractivo y repulsivo porque agrede (hasta una desmayadiza imagen de la Virgen); porque nos recuerda que somos creadores y no sólo descubridores y técnicos. Y si creamos, ¿de dónde sale la creatura parida? Tenemos miedo al subconsciente, le tememos, y más que al subconsciente a la nada de donde salen nuestras figurillas de barro. Somos pequeños dioses y no queremos asumir nuestra responsabilidad. Toda obra creada es un hijo de la mente. ¿Qué vacío, qué nonada hay en esa mente durmiente que produce monstruos y esculpe ojos tuertos, gargantas gangosas, piernas garrosas y mentes perversas? No queremos abrir los ojos ante nuestra obra aunque pinte ojos azules, gargantas sinfónicas, piernas estilizadas y mentes brillantes porque le tenemos pánico, horror, al vacío de donde surge.
Preferimos seguir una doctrina, no importa cuál, ser hijos de una Escuela, que inventarnos un mundo de personajes o de referencias imaginarios.
Huimos de la asocialidad (dicen que somos animales sociales), del silencio, de la concentración en uno mismo para desperdigarnos y confundirnos con la macromasa.
Preferimos escuchar que escucharnos, hablar con otro que hablarnos, tocar a otros que sentir la piel propia. Y la creación es un proceso de aislamiento, de ensimismamiento, de autorreflexión, de egocentrismo, de egoísmo puro y neto.
Nos tenemos miedo a nosotros mismos. A nuestra desnudez, a nuestra alopecia, a nuestra putrefacción interna, (lo neguemos o no cada día nos pudrimos un poco más, no hay que esperar al ataúd). Y esos personajes, y esos versos, y esas argumentaciones ontológicas... ¿nos van a responder alguna vez? No, nunca. Son las marionetas de nuestro vacío, los juguetes de una habitación desnuda que es la mente, y si... las maltratamos ¿nos sentimos mal? Sí, porque nos mutilamos, porque ese balancín que pendula en nuestro cerebro somos NOSOTROS: TAN LLENOS Y TAN VACÍOS.
Es cierto que no todo lo que se escribe es fruto del
subconsciente (las Vanguardias lo pretendían en su estilo más
puro), pero a mi me aburre ese consciente castrador, ese
super-yo, que pone freno al delirio más sano y más insano de la
humanidad.
Tampoco es del todo cierto que el subconsciente este aislado, ya que se relaciona de una manera (yo diría que impura) contaminante con el consciente. Ambos se dan la mano y se cuentan cosas (a escondidas).
Y,
seguramente, es muy cierto que el VACÍO total de la mente se
produzca sólo una vez en nuestra vida (cuando morimos). Pero hay
estados intermedios de vacío, y el creador, se encuentra muchas
veces con las manos vacías. Se suele solucionar con unas cuantas
noches de sueño.
El
arte nos permite encontrarnos porque a través de él somos, pero
nos obliga a perdernos porque nos lleva a otro tipo de
realidad: la imaginaria. Y esa realidad
imaginaria nos aleja (a veces en exceso) de la
cotidianidad, de la seguridad de pisar tierra frente al oleaje
intempestivo que es la fantasía.
Se
trata de una paradoja, pero si ya la vida lo es, ¿cómo no va a
serlo lo que intenta embellecerla, recrearla, vaciarla,
ironizarla...? Si tuviésemos que elegir no habría posibilidad
de elección. Lo uno lleva a lo otro. Yo me reafirmo con lo que
escribo, existo a través de ello, pero me alejo de las baladas
de primavera que suenan en la calle. O mejor dicho, las escucho y
luego ronroneo a solas qué es para mí la mujer de ojos negros.
(Cuidado: puede tener los ojos encendidos como piedras preciosas
o dos cucarachas por ojos).
La
literatura es una búsqueda alterada de la realidad. Y digo
alterada porque la información sucinta de lo que pasa, ha pasado
o pasará no es literatura. Y sin embargo es lo más razonable.
Con la literatura se sufre una pérdida: la de la mirada objetiva
(yo diría que hasta realista). Pero se gana en colorido, en
matices, en perspectiva.
El buen literato retoca siempre la fotografía antes de enfocar la cámara. O, mejor, tiene la lente desenfocada. El buen literato sueña despierto y se despierta demasiado tarde. Esto es, al menos, en cuanto a disposición... luego los hay que ni se buscan, ni se encuentran, ni se pierden, ni se alcanzan...
¿Pero qué es mejor? ¿Tener suerte, escribir sobre vendido o lanzarse a la búsqueda?
Allá cada cuál, la literatura, como todo, es negociable y no
estoy en contra, algún sueño también lo ha sido.
Jorge Majfud, novelista y ensayista, dice que el hecho de que el
hombre haya desarrollado una conciencia de sí mismo ha sido una
evolución tan revolucionaria como la posibilidad de viajar a la
velocidad de la luz. En un mundo en que todo es posible e
imposible a la vez la infinidad de posibilidades y de
imposibilidades es lo que nos pierde.
Yo
dudo mucho que un personaje no humano es decir
de papel me hable con sinceridad. Y lo dudo porque
tengo la teoría de que hasta el más alejado narrador posee la
omnisciencia de su autor. Es algo con lo que está dotado, con lo
que nace y termina. No existe la criatura ficticia libre; la que
se escapa de la pluma de su autor y hace voladuras. Lo que ocurre
es que el lenguaje nos tiraniza y nos obliga a desviarnos por
otros caminos (no incluidos de antemano).
Con
esto quiero decir que el autor se encuentra siempre. ¿Por qué
escribes?, porque quiero decir lo que pienso o dibujar mi mundo.
No siempre es así, a veces se escribe porque se quiere ser otro
en los otros y se fulmina la personalidad propia. En este caso,
el autor se encuentra a través de lo que desearía ser y nunca
será (aunque nos pongamos extremistas).
Quizá
cuando empecemos a escribir estemos perdidos... y luego nos
encontremos.
O quizá estemos muy seguros y luego nos perdamos.
Sin duda alguna, perder siempre se pierde.
Elisa Gracia Fanlo
eligf@arrakis.es
Todos los Derechos Reservados, Quid, Comunidad Virtual. Cuernavaca, Morelos, México. 2001.