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Quién fuera roca para callar siempre, para rodar, para ser arrastrado por el mundo, para vivir pateado por todos, para llenarse de mierda, para no ser nada y depender de algún ser que se atreva a mirar hacia abajo...

¿El rey de la creación?

Así nos bautiza la Biblia, pero hay mucha gente (entre la que me incluyo) que se cae de su trono. “Yo ya viví mi Proceso absurdo y no me dieron ninguna explicación, como a ti”.
Daniel Moyano.

Podemos entender ese proceso como un período de dudas, oscilaciones, requiebros... pero hay algo que apunta a un nivel superior: “Proceso”, con mayúsculas, y que señala a un interlocutor nato: el lector, tú. ¿Qué es el Proceso con mayúsculas? La vida, al parecer, ese coqueto reptil que nos embauca con su torso camaleónico.


“Yo tengo mis motivos”, “Yo tengo mi vocación”, “Yo tengo la razón”, “Yo estoy enamorado”... ¿por qué no decir CLARAMENTE yo tengo mi excusa? Porque no, NO, la cerrazón obtusa del no. Mil excusas de la excusa florecen como margaritas de primavera: el instinto de supervivencia, el amor a la ¿vida?, los seres queridos, ¿los interrogantes por resolver? Esto último me gusta, pero como he abierto y he cerrado ese dilema no podré sino abrir y no cerrar el que subyace debajo de todos.


Cuando somos niños sentimos curiosidad por todo y por todos; manoseamos, babeamos, reciclamos información... Poco a poco vamos perdiendo la capacidad de ilusionarnos y de sorprendernos. Nos ovejamos, mitificamos a ovejas-estrella y hacemos locamente el amor con el sumidero de nuestras cenizas.

A mí, Pascal, me sugiere otro tipo de locura: “la locura es algo tan inexcusable a la conciencia humana, que incluso no estar loco, es una forma de estarlo también.” Ese tipo de locura al que se refiere Pascal es el sumo grado de inconsciencia y de indolencia con el que algunos están dotados. Sí, todos, todos, toditos, nacemos con ese grado de inconsciencia; no es malo, lo necesitamos; el cuerdo de los cuerdos que desnudara la realidad, que la desvistiera de ropajes y de disfraces se caería de bruces. “Pequeñas agarraderas”, “Ilusiones vacuas (porque en el fondo de los fondos todas lo son)” “El corazón latiendo (pese al abandono, al desencanto, a la furia de no ser comprendido por completo, a la impotencia de no poder traspasar otras pieles...), y otras cositas banales nos hacen olvidarnos de que un día no seremos más que Olvido.


Cioran dice: “El loco que hay en nosotros es el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo depende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos refuerza a ello, y es también quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas.”

Mi profesor de creación literaria subraya que en la literatura como en la vida si eliges a un narrador equivocado (y el narrador de la vida eres tú, hay tantas vidas como seres que las viven) su mirada, su voz, su forma de ordenar la narración no es significativa, no dice nada sobre él ni sobre el mundo o su forma de relacionarse con él. Cambiamos de narrador y el texto (la vida) no varía sustancialmente. No tenemos un narrador bien definido. Conclusión: el texto no funciona (conclusión: la vida no funciona).


Aceptemos, pues, que todos estamos locos (Cioran) o al menos tenemos una parte loca que nos empuja con soberbia a decir: “Ha merecido la pena”, entonces no nos queda más que ser ese narrador, ese testigo de nuestras vidas que las enriquezca con una mirada creativa (yo diría que somos inventores de nuestra vida). Hay personas que van de descubridoras; descubrí mi ego. Yo no digo que no tengamos una tonelada genética por descubrir, pero, cuando ya quedan pocas sorpresas, nos inventamos a nosotros mismos. Queremos ser y somos lo poco que nos dejamos ser.

Inventamos un destino, un futuro; lo planificamos, lo soñamos, lo acariciaríamos sin que sea apenas más que una pompa de jabón... y ¿si nos caemos de la cama? No importa, todo sea por el vitalismo, “Hay que seguir”, peor sería el fatalismo de las viudas, “No somos nada”. Y mientras dure la marcha nupcial nos casaremos hasta con nuestra abuela, por no decir, “¡Basta!”, ha llegado el momento de llorar, de tirarse de los pelos, de sangrar...

Cada uno ve lo que quiere ver, lo que necesita ver; vivimos en un fluctuante autoengaño y, digo fluctuante, porque de vez en cuando pensamos.

He leído un párrafo maravilloso de Marina Mayoral, hasta en la muerte vemos lo que queremos ver: “Al sentirse morir, su cerebro los había organizado en una escena consoladora, que facilitaba el tránsito y paliaba el dolor de dejar a los seres queridos y el miedo a adentrarse en lo desconocido. Para Eduardo todo era consecuencia  de la radical repugnancia del hombre a desaparecer. La conciencia soporta con dificultad la idea de la nada, de la pérdida total y absoluta de sí misma, y de esa repugnancia nacen todas las religiones. Nuestra propia naturaleza colabora, por distintos medios, a paliar la angustia que la idea de la desaparición nos produce, y la memoria es la última depositaria de nuestras esperanzas. Cuando todo ha desaparecido, queda aún el recuerdo y con él la ilusión consoladora de una vida prolongada más allá de la muerte.”

¿Por qué hemos nacido con una mente tan engañosa?

Veamos lo que dice la filosofía griega: el conocimiento de la realidad se adquiere a través de la razón y de los sentidos; la razón es lo unitario, lo permanente, “lo que es”; los sentidos son la pluralidad, lo cambiante, lo que parecer ser.

¡Qué disparate! ¿Qué razón no está contaminada de sentidos y qué sentidos no están contaminados de razón? Como yo digo siempre, el hombre es una mala mezcla; por no decir una enfermedad hereditaria. Contamina lo que ve, siente, escucha, toca, de reflexiones, de meditaciones, de pensamiento y así intelectualiza lo que podría llamarse instinto o vida en el sentido más animal (más puro) del término.


El hombre también sensibiliza a la razón, la disuade, la persuade, en un agradable (y placentero) ejercicio de seducción. ¿Podemos ser razonables ante la belleza? ¿Razonables ante la pasión? ¿Podemos ser sensitivos ante las matemáticas? ¿Los robots o lo que nos deja indiferente? “El arte es estéril”, dijo alguien, o mejor, “inútil”; pues sin eso indefinible que se bautiza bajo el nombre de “ARTE” los sentidos no seducirían a la sesuda razón y obtendríamos cuadros planos de una realidad con relieves. Y si esa realidad no tuviese relieves, ¿qué nos quedaría por hacer? Aceptar asépticamente el curso del reloj, con circuitos electrónicos, pantalla digital, display y poco más. El deseo puro muere; puede “envenenarnos” durante mucho tiempo pero es el mismo cuerpo de cuyas comisuras, vello, trazos y rasgos lo conocemos todo lo que nos hastía. Entonces necesitamos transcender el deseo: llamarlo amor, fidelidad, matrimonio. Y así sucesivamente con todo, con el trabajo, con los estudios, con...  ¡la ropa!


Cuántos disfraces me he puesto yo? ¿Y tú?

He observado en mi vida que cada relación humana exige un comportamiento distinto; es como los distintos niveles de habla. ¿Cuántas imágenes de Elisa habrá duplicadas, triplicadas, infinitamente multiplicadas? Sólo la democracia de sentidos conduce a la verdadera imagen de uno mismo. Cuando uno muere, mueren docenas de uno, el uno que fue para mí, para ti, para el otro, para el suyo... Y cuando uno muere, muere también la imagen que él tenía de ti. Te minimizas, te reduces, te haces cada vez más chico...

Pero como dice Voltaire al final de su vida, yo repito: “Tranquilízaos, no fui feliz”.

Elisa Gracia Fanlo
eligf@arrakis.es

Todos los Derechos Reservados, Quid, Comunidad Virtual. Cuernavaca, Morelos, México. 2001.