Tal como íbamos a ser...
Por
primera vez en la historia de la humanidad la unión
entre ciencia, técnica e industria empezaba a dar sus
frutos. La palabra progreso ilusionaba a la gente de la calle: se hablaba de máquinas inteligentes, de robots, de barcos submarinos y de nuevos medios de comunicación ultrarápida con la emoción de quien sabe que está a punto de asistir a una auténtica revolución. En aquellos últimos años del siglo XIX, lo verdaderamente humanista, progresista y chic era creer en el progreso de la tecnología. Los agoreros de los fracasos de la técnica, los temerosos del poder de la ciencia, los equivalentes a los que hoy alarman a propios y extraños sobre los desastres de la genética o del desarrollo industrial eran entonces tratados como reaccionarios y descolocados.
Por eso no es extraño que los seguidores de la ciencia dejaran correr la inventiva hasta los extremos que nos muestra este álbum. Tan entusiasmados estaban, que imaginaron cambios así de ingenuos para su amado progreso. Todo resultaría mucho más fácil en el siglo XX Una de las peticiones que los ciudadanos de la época le hacían a la ciencia era la comodidad. La
vida del futuro iba a ser, sobe todo, mucho más
agradable. Estudiar sería un fenómeno casi automático con la máquina de aprender; en la barbería robotizada apenas se emplearían unos minutos para lograr un buen afeitado. Existirían máquinas para recibir el desayuno, acicalarse y realizar todas las tareas domésticas... Pero, curiosamente, a nadie se le ocurrió imaginar un cambio en la forma de vestir. A un paso de la aldea global
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